Hay personas que parecen haber nacido sabiendo exactamente quiénes querían ser. Yo no fui una de ellas. Durante mucho tiempo no perseguía una profesión: perseguía preguntas.
Primero fue medicina. Pasé dos años entre apuntes, anatomía y la idea de ayudar a otros, hasta que entendí algo difícil de admitir: podía gustarme aprender medicina sin querer ser médica. Tuve el coraje de aceptar una verdad incómoda y cambié de rumbo.
Después probé ingeniería mecánica, porque me fascinaba entender cómo funcionaban las cosas, desarmar ideas, conectar lógica con realidad. Otra vez apareció esa sensación silenciosa que muchos conocen y pocos se animan a escuchar: «esto tampoco soy yo». Vino la filosofía, porque necesitaba entender el mundo y las preguntas grandes. Y casi elijo química, pero la vida decidió por mí en un detalle mínimo: trabajaba, y los horarios no daban.
Mientras muchos creen que la vida es una línea recta, yo me fui construyendo en zigzag. Nada fue tiempo perdido. Todo terminó viviendo dentro de mí.
Y un día, en un aula, durante mis prácticas docentes, me paré frente a estudiantes por primera vez. No hubo música épica ni una revelación cinematográfica. Hubo algo mucho más real: una sensación de pertenencia, como si todas las versiones anteriores de mí finalmente encajaran en un mismo lugar. Ahí entendí que no solo quería aprender. Quería enseñar.
Y acá entra la fotografía
La fotografía me enseñó algo que después apareció naturalmente en todo lo que hago: entrenar la mirada. Encontrar patrones, simetrías, geometría y perspectivas en lugares donde otros solo ven algo cotidiano. A veces una calle, una sombra o una escalera cuentan más que una fórmula en un pizarrón.
Los rompecabezas y los acertijos me enseñaron paciencia: esa que aparece cuando algo no sale, pero sabés que la respuesta existe y decidís quedarte un rato más pensando. No rendirte. Cambiar el enfoque. Probar distinto. En este taller vas a hacer exactamente eso, pero con una cámara en la mano.
Y sí, tengo que admitirlo: soy profundamente fan del Lado Oscuro de Star Wars. No por «malos», sino por su obsesión con el conocimiento, la disciplina y el poder de entender cómo funcionan las cosas. Esa necesidad de ir al fondo de las preguntas, sin quedarse con respuestas superficiales, también está en cómo te voy a enseñar a fotografiar.
Cómo trabajo en este taller
No trabajo desde la presión ni desde la idea de que todos tienen que aprender igual o al mismo tiempo. Trabajo desde la comprensión. Sin atajos. Sin vergüenza por equivocarse. Si una foto no sale, la volvemos a intentar. Y si todavía no sale, buscamos otro camino.
Equivocarse nunca me molesta: los errores muestran exactamente dónde tengo que explicar distinto. Son pistas, no fracasos. Prefiero mil veces una pregunta honesta a alguien que asiente en silencio fingiendo que entendió.
Por eso voy a conectar cada tema con algo que ya conocés. La buena fotografía no aparece de la nada: siempre se sostiene sobre algo familiar. Mi trabajo es ayudarte a encontrar ese puente.
Y cuando finalmente todo hace clic… ese momento ya no es mío. Es completamente tuyo.
— Andrea